Espectro Invisible deMedea el
Todas sabemos que después de parir nos convertimos en una versión de nosotras mismas, todo es para y por nuestro cachorro. A cada mujer-madre le toma un tiempo diferente reencontrarse o descubrir la nueva versión de sí misma.
¿Cuándo y cómo te reubicaste en tu mundo y en tu arte después de nacer tu bebé, o perderlo?
Elia Mervi, ilustradora
▼Castres, Francia

@eliamervi

Fue Berlín Ya en la cama, cuando puse la alarma, bloqueé al móvil y por fin me quedé sola un vacío calló sobre mí. Su ausencia. Nada que se acurrucara a mi lado. Mi pecho se empezó a llenar de leche y Olga no estaba allí para beberla y aliviarme la presión del corazón y de la única teta de la que mamaba. Sorprendida me puse a llorar sin control, como se dice, a moco tendido. Lloré por la distancia tan grande que me separaba de mi bebé. Lloré de miedo por tenerla tan lejos, por el terror de imaginarla buscándome en la noche sin encontrarme. Notaba que el hilo que nos unía se tensaba.
Así era, después de dos años de vida sin separarnos era prácticamente parte de mi piel, una extensión de mi misma y yo había decidido arrancármela por unos días para ir a Berlín. Antes de los dos años hubiera sido imposible separarme de ella, aquella selección para una exposición colectiva era la excusa perfecta para atreverme a dar el paso. No había nada malo en ello, pero el sueño me encontró sollozando.
A las 10 de la mañana estaba en Berlin-Tegel. Al salir por las puertas de cristal, siguiendo el río de gente, me vi en medio de un lugar desconocido, con el dinero justo y con la mente dispersa. Andando hacia lo que creía la parada de bus tuve que hacer acopio de una concentración que no había usado en años para fijarme bien en el autobús que tenía que coger, la parada donde me tenía que bajar, la calle por la que tenía que desembocar y los números de los portales donde en uno de ellos una desconocida que me había alquilado una habitación me esperaba.
Sintiéndome en esa situación de alerta, de tener que mover mi propio y solitario cuerpo por una ciudad desconocida algo en mí se removió, como placas tectónicas. Serían los nervios, pensé.
Los días siguientes paseé por el barrio de Kreuzberg sin preocupaciones ni prisas, un Octubre frío y soleado. Me perdí, me encontré y visité, más que museos y monumentos, calles. Percibía una verdad allá donde mirara, siguiéndome, moviéndose conmigo. Finalmente fui consciente de ella al aparecer ante mí una fachada llena de hojas rojas iluminadas en ámbar; la verdad era que había venido a esta ciudad en busca de mí. Me di cuenta entonces de que desde que compré el billete de avión y reservé la habitación ese había sido el verdadero propósito del viaje, no la exposición colectiva, no la selección del concurso, el propósito era reencontrarme con el mundo exterior para construir mi nuevo yo.
Pensé entonces en la cantante francesa de Jazz que había escuchado en la radio. En la entrevista hablaba de un gran parón en su vida creativa después del nacimiento de su hijo. Cuando tuvo a su bebé fue incapaz de crear algo sólido en dos años. En ese tiempo no dejó de trabajar, publicó un álbum que detestó después, salió al escenario donde la voz la traicionó... Hablaba de la forma en la que su mente se quedó en shock después de la bella brutalidad de La Vida y esos siguientes meses de entrega y absoluta necesidad de su cachorro. Dos años, pensé como si hablara de una verdad universal, dos años es el tiempo que necesita una mujer para reubicarse, para reencontrarse y descubrir su nuevo yo. ¿Lo llaman puerperio? No sé, pero he sentido en mí todas las etapas, sin etiquetas, sin seguir consejos rancios de un sistema médico inútil creado por y para hombres. Con mi instinto como brújula he sentido la entrega, el terror al solo pensamiento de separarme de mi bebé recién nacido, la necesidad de protegerle y ser su fuente, el orgullo de verle crecer y ahora la excitación de reubicarme en el mundo, como un ser independiente, creador, más sabio y poderoso. Y así me sentía, poderosa, en una ciudad que solo me regalaba escenas, tiempo, momentos de creatividad y piezas y más piezas de mi misma con las que me iba reconstruyendo, con más fuerza.
Bebí muchas cervezas sola, en esquinas de bares donde sacaba la libreta. Pinté mucho. Comí con Vivian en restaurantes que solo conocen los que viven allí, donde hacen una increíble comida turca en enormes ollas y donde empezamos a construir proyectos en común que aún tenemos pendientes. Bailé en locales que nunca imaginé, que no existían en Madrid o en Lisboa. Leí a Ajmatova en la cama, donde pasé frío todas las noches. El arte estaba en cada rincón ¿o era yo? Todo estaba conectado. Berlín era la fórmula.
De la exposición poco que decir.
Sí, vi el Muro, la Puerta de Brandeburgo, la catedral, el puente de Oberbaum, pero mis nuevos pies siempre me volvían a llevar a esa fachada invadida por hojas rojas.
En una semana tenía prácticamente todas las piezas que componían mi nuevo yo, la nueva versión de mi misma. Fue Berlín. En el avión de vuelta me sentí preparada para todo. Olga me esperaba y lo primero que hizo al verme fue mamar, bebiendo toda la leche que mi pecho había guardado todos esos días y que Berlín y mi nuevo yo habían mantenido templada, para ella.
Isabel de Olano, ilustradora
▼Madrid, España
CARLOTA Le entregué mis días, mis noches, mi vida. Aburridas y largas tardes de invierno. Todo mi tiempo fue destinado a ese pequeño ser. Todo me sorprendía y no podía dejarla de lado. Independientes, pero siempre juntas. Pegadas. Me gustaba. Ese pequeño bebé me enseñó a rentabilizar mi tiempo. Si quería estar con ella, debía ser más eficiente. En los proyectos dejé de dudar, de hacer mil pruebas y empecé a ser más decidida, menos exigente y mucho más productiva. Mi deadline estaba muy marcado y a partir de la hora en que la iba a buscar el mundo podía caerse porque ya estábamos juntas. Y disfrutaba tanto de verla crecer. La dibujaba porque quería recordarlo todo. Me daba miedo olvidar cómo aprendía, cómo se movía, cómo jugaba, cómo era. Me sentía tan orgullosa de ser su madre y poder acompañarla en cada momento. No recuerdo el momento exacto, pero sí la sensación de independencia física cuando asistí a un taller en un pueblo perdido de Huesca. Después de un año y medio adherida a otro ser me descubrí disfrutando de la carretera infinita, de compartir conversación sin girar la cabeza continuamente, de improvisar, de no mirar el reloj, de asistir a charlas y aprender, de dejarme llevar, de disfrutar creando sin un fin práctico sino por experimentar, de conocer gente nueva siendo yo, y descubrirme como mujer con mis habilidades, recursos, simpatías y antipatías. Sorprendida que otras personas disfrutasen de mi conversación y de estar conmigo. Volvía a existir. Ya no era solo mamá, sino Isabel. Finalizado el taller me descubrí conduciendo sin parar ni una sola vez. Solo pensaba en regresar y tenerla en mis brazos de nuevo. Cómo podía haberme separado de ella. Todas las versiones cabían en mí pero no podía solaparlas. ...
Quien pudo ser pero no fue Tener una pérdida es la manera elegante e indolora de decir que tu bebé ha muerto. Tus ilusiones y tu alegría mueren con él. Odias tu cuerpo y te sientes muerta por dentro. Has albergado la muerte dentro de tí y te sientes decepcionada. Tu cuerpo te ha decepcionado. No puede. ¿por qué otras pueden y tú no? Luego descubres que todas las mujeres arrastran historias con ellas. Pero en ese momento es tu duelo. Y la oscuridad va llenando tu cuerpo hasta que te identificas con la palabra aborto. No eres una mujer, eres un cuerpo incapaz de haber tenido un bebé. Y por las noches vienen fantasmas que te despiertan y repites una y otra vez conversaciones en la mente. Explicas a los que te preguntan qué te ha pasado. Y respondes de manera elegante tragando la oscuridad. Y todas las noches se repite. Es un intento de justificarte. De perdonarte. Pero no puedes porque en el fondo solo te estás justificando ante el mundo. Te odias. Te culpas. Envidias a otras. No quieres dar pena ni que sientan lástima y por eso no te permites sentir pena por tí. Y el tiempo pasa. Te centras en el trabajo y empiezas a brillar. Esa luz consigue quitarte algunas capas. Y empiezas a sentir pena por tí. Y te dejas caer por fin.
Un día empiezas a dibujar un garabato pero no puedes parar y continúas. Sin finalidad. Pero no puedes parar. No sabes de dónde ha surgido esa necesidad. Tengo que grabarlo. Sin pensar. No tiene que ser perfecto, simplemente tengo que hacerlo. Lo edito, muy rápido. Le pongo voz. Le pongo título. Lo veo. Consigo ponerle voz, ponerle palabras. Y un poco de oscuridad va desprendiéndose. Y puedo empezar a verme.
Andreea Birsanu, artista multidisciplinar, mujer rural
▼Galicia, España

Mi embarazo fue deseado y buscado durante meses. También fue un embarazo fuera de lo común pues el positivo llegó tres días antes del Estado de alarma en España.

Durante los primeros meses de mucho cansancio y preocupaciones hiberné y me desconecté, de mi creatividad y de mi misma y no me recuperé hasta la mitad del embarazo. Volví a ser yo, volvió la creatividad y trabajé en mi nuevo empleo como autónoma hasta el día del parto.

A lo largo del embarazo me empapé de distintas vivencias. Leí libros sobre maternidad desobediente, feminista. Leí a las mujeres de mi zona comentar sus síntomas, partos, problemas en el postparto, lactancia, crianza... Leí a matronas y profesionales y me preparé mentalmente para tener un parto natural. Sin epidural. Respetuoso.

No voy a entrar en detalles pero el parto se complicó y no fue respetado. Y esto es importante. Después de 28 horas en el hospital nació mi niña, con ventosa, unha episiotomía y maniobra de kristeller. Sóla, sin mi pareja, a la cual (con la excusa de la pandemia) no dejaron pasar. Se llevaron a mi pequeña sin dejarme verla, a controlarla, mientras a mí me vaciaban el útero con las manos y me cosían. Nada de piel con piel, nada de pinzamiento tardío. Yo lloraba y preguntaba por mi niña y pasé lo que fue el período de tiempo más angustiante y lento de toda mi vida mientras me trataban como si fuese un simple objecto. Sin tacto, sin respecto.

Por qué cuento y me parece importante? Porque las heridas físicas, afortunadamente, curaron bien. Pero las psicológicas tardarán en hacerlo. Hasta ahora, dos meses después del parto, no sentí que me hubiese recuperado, mínimamente, a mi misma. El proceso de reencuentro conmigo, con mi creatividad y con mi mundo interior fue difícil. No es fácil concentrarse, tener ideas, ganas de desarrollarlas y sobre todo TIEMPO, para llevarlas a cabo cuando la criatura duerme menos de seis horas en dos días. El agotamiento te lleva no querer hacer nada que no sea dormir y comer, lo básico. Y la montaña rusa de emociones es difícil de llevar.

 

Pero yo tuve la suerte de que ahora, después de distintos problemas, dos meses después, estamos las dos más acostumbradas a la nueva vida. Cuando duerme aprovecho para limpiar, cocinar, pintar o plasmar lo que escribo mentalmente cuando tengo las manos ocupadas y no puedo anotarlo. Cuando no quiere cuna y está tranquila en mis brazos o en la teta leo, observo y me nutro del trabajo de otras mujeres. (De hecho escribo esto con ella durmiendo sobre mí).

Pero aún así el tiempo es corto y muchas veces me hallo frente a la frustración de no tener suficiente tiempo para mí misma. Además al no disponer de sitio en casa no puedo tener unha habitación propia para trabajar y desarrollar mi creatividad, ni siquiera unha mesa propia. Esto lleva a que no me puedo permitir sacar todos los recortes para hacer collages para guardar de nuevo todo en cinco minutos porque se pone a llorar. Así que la mayoría de las veces trabajo en la tablet, mi nueva mejor amiga, cuando ella duerme o está en el pecho. Apuntando y deseando tener, algún día, más tiempo para desarrollar mis ideas, muchas de ellas relacionadas con un parto traumático.

 

Beatriz Costo, diseñadora gráfica, ilustradora
▼Madrid, España

En cuanto supe que iba a ser madre de mellizos, empecé a experimentar una enorme cantidad de emociones y sentía la necesidad de expresarlos con dibujos, pero el malestar y el cansancio del embarazo y la falta de tiempo tras el nacimiento me lo impedían. Tras dar a luz mis brazos estaban siempre ocupados así que aprovechaba los momentos de lactancia para apuntar en mi movil frases que quería dibujar. En cuanto sacaba un momento aprovechaba para hacer una ilustración para cada una de esas frases y así fue como surgió mi proyecto "Dos Soles".

Nancy Gil , escritora, psicóloga.
▼Buenos Aires, Argentina

 

Los primeros meses, después del nacimiento de mi hija, no pude escribir más que versos sueltos, urgentes e inconexos. Es imposible tomar distancia de la realidad cuando vivís en constante estado de alerta. Estaba consumida por la entrega y el amor salvaje. Yo misma me había convertido en un bebé. Solo podía llorar o apenas balbucear. No podía dejarla ni para ir al baño, si me iba de casa sentía palpitaciones. En un poema escribí: no sé qué hacer cuando no estás/en la casa vacía/hasta te escucho llorar, bebé/somos planetas orbitando entre sí/dos cuerpos atraídos/por una fuerza sobrenatural.

¿Cuánto espacio puede ocupar un bebé adentro y afuera del cuerpo?. Me pregunté si alguna vez iba a poder pensar en otra cosa. Luego lo supe: si iba a escribir, tendría que ser sobre esto.

Comencé a leer literatura sobre maternidad buscando las huellas de las que han pasado por acá. Mujeres madres escritoras artistas enormes y también a otras, tejedoras desconocidas que mecen la vida en las sombras, puertas adentro y en medio de un silencio donde nadie las nombra.

Buscaba en los libros un camino de regreso a casa. Como si alguna de estas autoras pudiera decirme "es por acá". Cómo si se pudiera volver, ¿a dónde?. El puerperio es un exilio.

 

Fue recién a partir de los dos años que comencé a recuperarme. Reuní las partes esparcidas: mi cuerpo, mi deseo, mi voz. Y en el transcurso de estos cuatros años he escrito con voracidad, desde adentro y como un gesto inevitable para aferrarme a un tronco firme en medio de la experiencia.

Voy escribiendo detrás de las sensaciones, de nuestras situaciones cotidianas, cuando en casa todos duermen, con la ilusión de que las palabras puedan contener lo que desborda, de poder encontrar la palabra exacta que nombre la herida que abrió en mí la maternidad, de poder dejar un registro, aunque solo pueda escribir los restos.

Escribo en los márgenes de la vida compartida; entre los platos, la ducha, las notas del celular. Como si fuera una tarea clandestina o un acto de desobediencia. Cuando se lleva la casa en los huesos, una hoja en blanco puede ser el único lugar seguro donde ser para mí. Un modo de mirar y habitar el mundo.

He sentido el peso de la culpa sobre mi espalda, he visto como la casa se viene abajo cuando me voy hacia adentro en el proceso creativo y me he preguntado muchas veces cómo hacer, o de qué manera esto puede afectar a mi hija. Si podré con todo, con algo o con nada. Si perderé la razón.

 

Y aunque a veces no pueda dar más y el cansancio me parta la espalda en dos, y no haya tiempo, ni silencio, ni espacio, creo que eso no es una excusa válida para no intentarlo.

Descubrí que mi creatividad se potenció, que su llegada me hizo más permeable, más abierta a la belleza y a las atrocidades del mundo. Que mi escritura florece junto a ella, que mira el mundo por primera vez y crea poesía para entenderlo, aunque no lo sepa. Como aquella vez que me dijo que las nubes saben a algodón y estirando su bracito al cielo tomó un pedacito para ofrecérmelo. Toma, ¿No es mágico?, me dijo.

Aún no sé quien soy, me siento en un constante devenir. Es como si mudara de piel una y otra vez, un modo leve de vivir. Algo que quizá me enseñó mi hija, que es puro viento y vino para abrirme como un canal, arrasando con todo lo que encontró a su paso, incluso con certezas y viejos fantasmas, pensamientos estúpidos e innecesarios.

Ahora nada se queda quieto, todo es movimiento y siempre algo nuevo se revela. El tiempo vuela y yo quisiera demorar el instante, alumbrarlo tal vez con un poema, mientras lo demás avanza y se desvanece en la oscuridad.  Quizá sea esa la razón fundamental por la que escribo.

 

 

 

Paloma Corral , ilustradora
▼Madrid, España

VIAJE DE IDA Y VUELTA

 

Reflexionar en lo que tarde en volver a reubicarme en mi mundo, en mi cuerpo y en mi arte me ha hecho reflexionar en lo que tardé realmente en desubicarme. Lo que tardé en aceptar vivir en un cuerpo compartido. Leo ha supuesto una metamorfosis en mi, me ha ayudado a desprenderme de muchas capas sociales basadas en estereotipos de este sistema patriarcal en el que estamos sumergidas, y así he ido pasando desde el cuerpo por un proceso de desintoxicación.

El comienzo de este viaje fue el modelo actual, ser la madre superwoman que llega a todo. Acepté mi primer encargo cuando Leo tenía un mes de vida, como si tuviera que demostrar al mundo que yo podía a pesar de acabar de parir y tener aun grietas en las tetas. Como si no se tuviera que notar en mi trabajo, en mi nivel de producción, que había sido madre. Enlace ese encargo con otro y al mismo tiempo preparé una asignatura nueva para mí que impartiriá a la vuelta del ridículo permiso por maternidad que tenemos en España. Realmente durante esos primeros meses siendo madre trabajé muchísimo. Bendita oxitocina que me hizo llevarlo con alegría sintiendo un poder y una energía sobrenatural inexplicable a la lógica humana. A pesar de las bondades de la naturaleza femenina, experimenté muchos sentimientos encontrados, me frustraba por no poder trabajar como antes, por la falta de tiempo para dibujar, leer, investigar...entonces quería salir corriendo; y al mismo tiempo me invadía un amor infinito, potente, incomprensible y único cuando miraba, olía, acariciaba y besaba a Leo; entonces quería quedarme para siempre.

Tardé unos 6 meses en sumergirme profundamente en el placer de la crianza mamífera y autorregulada. Y fuí comprendiendo muchas cosas, tumbando muchas creencias limitantes y los pilares de mi propio edificio. Me tiré del barco que impone el sistema para entrar en el fluir de los ritmos lentos y desorganizados que trae la maternidad. Y desde ahí, aprendí a gozarlo. Aprendí a adaptar mi jornada laboral a la etapa evolutiva del sueño de mi hijo, aprendí a decir que no a algunos encargos porque eran incompatibles con maternar, aprendí a ser más resolutiva y práctica con los encargos para ganar tiempo y dárselo a Leo, aprendí que un brillante trabajo no está asociado a un gran esfuerzo, aprendí a jugar, a disfrutar del proceso de trabajo, aprendí a dar tiempo a los proyectos, a no correr a exigirme menos. Aprendí a permitirme no trabajar si no me apetecía, aprendí a parar y a escuchar a mí cuerpo. Aprendí el valor de cuidar por encima del de producir. Siento que este camino me ha traído mucha paz interior y sabiduría.

Leo tiene ahora 3 años y medio. Nos vamos despegando el uno del otro lentamente, a su ritmo y poco a poco voy conquistando en solitario de nuevo mi cuerpo y mi espacio, un terreno ahora más fértil, brillante y frondoso. Hace unos 4 meses que he cogido el tren de vuelta. Es un tren de larga distancia de velocidad lenta y con muchas paradas. El tiempo estimado del viaje no está definido pero me gusta tener mi billete.

 

[Las ilusraciones: el Día y la Noche]

 

 

Marina Gibert, ilustradora
▼Lisboa-Girona, Portugal-España

Hace seis meses que me partí en pedazos en esa sala fría y oscura de ecografías, sin nadie a quien abrazar y sintiendo que un vacío inimaginable se apoderaba de mi y me dejaba confusa, enfadada, triste. Me estaba preparando para la vida y se presento la muerte. Me vi envuelta en un dolor inmenso. Soportando miradas de pena y palabras de “consuelo” que no lograban su propósito. "Eso es que no tenia que ser", "No era el momento", “¡Eres joven, ya tendrás otro!"

Pase una semana con mi embrión muerto dentro de mi. Solo quería que todo acabara, y al mismo tiempo que no acabara nunca. No quería retenerlo allí, tampoco que me lo sacaran... Mi cuerpo seguía sintiéndose muy embarazado.

Estuve días enteros en reposo sin hacer nada mas que dejar que la sangre y las lagrimas salieran, llevándose todo lo que habíamos creado. Despidiéndonos del amor, los sueños y las preocupaciones de los primerizos. Sin saber muy bien como volveríamos a reconstruirnos. Las ropitas diminutas que colgaban del balcón de lxs vecinxs eran banderas de una conquista que no era la nuestra.

 

Poco a poco me fui reconstruyendo. Hay días que aún me duele, otros parece que eso nunca me paso a mi.

La ilustración volvió a ser uno de mis puntos centrales. Pero empezar a crear no era así tan fácil. Concentrarme era un desafío, y mi subsuelo no estaba fértil. Ese paisaje interno se había quedado mucho tiempo sin regar. Por suerte algunos arboles eran de hoja perenne, los demás, necesitaron tiempo y cuidado para volver a brotar. Paso a paso encontré el camino de vuelta a ese universo al que me siento conectada. A reencontrar la ilusión de ser parte latente de proyectos a los que doy vida (y me dan vida).

 

Aprendí que creatividad y productividad eran caminos distintos que no

siempre se encuentran. Que crear es un proceso orgánico, y sanar

también.

Ana Patricia Angulo, artista visual
▼León. Mexico

Así como los bebés tardan cierto tiempo en comprender que son una persona individual diferente a sus cuidadores, así se siente el ser madre, al menos para mí.

La pérdida de la individualidad es lo más complicado ya que no había contemplado la maternidad como un camino en mi vida hasta que llegó. El problema es que no he podido estar bien desde la cesárea (mi bebé ya tiene 4 meses este enero) y yo he tenido que navegar entre tratamientos para disminuir las hemorragias mientras mi cuerpo se mejora para volver a entrar al quirófano para una histerectomía.

Ha sido duro porque yo quería poder darle pecho a mi bebé pero fue muy poco lo que pude darle, eso me deprimió profundamente. Mi cuerpo tuvo que elegir entre hacer leche y hacer sangre y yo nunca quise comprender eso hasta hace poco. Creo que aún no salgo de ese sentimiento. Algo que me afectó mucho fue todo este empuje qué hay con la lactancia exclusiva. Me parece muy importante claro pero a veces hay personas que en su afán de promover la lactancia exclusiva se olvidan de tener un poquito de empatía con quienes no pudimos, quienes hicimos nuestro mejor intento pero simplemente no pudimos. Y duele mucho y el sentimiento de culpa no se va.

 

Aún sigo sin poderme reubicar. Algunos días con suerte logro tener un par de horas para pintar pero es todo. Tengo mucho trabajo pendiente y toda una serie de pinturas en el tintero que muero por hacer. Lo que si puedo decir es que desde el embarazo (incluso antes de saber que lo estaba) mi trabajo empezó a tomar un rumbo muy diferente, hasta premonitorio en algunos casos. Y ahora siento que tengo tanto por decir y tantos sentimientos por expresar en cada gota de acuarela que quiero explotar de ganas de pintar. Tengo mucha ilusión de recuperarme y este 2021 trabajar en todos esos bocetos que están esperando en mis libretas.

 

Cuando supe que estaba embarazada empecé esta acuarela, es la más grande que he hecho hasta ahora. Habla sobre el “rendirse” ante la vida que está creciendo en mi. Está inspirada en el mantra “Om mani padme hum” que significa “la joya en el loto” ese mantra me acompañó en los momentos difíciles del embarazo (que fue de riesgo y en tiempos de covid).

 

Si me llegaran a preguntar si mis decisiones serían las mismas, a pesar de la vuelta de 360 grados que tomó mi vida diría que si. 360 grados si, porque di la vuelta entera y soy la misma pero algo cambió. ¿Contradictorio verdad? Aún me cuesta pensar que soy mamá porque no me lo imaginaba pero cada sonrisa de mi pequeña hace que todo cobre sentido.

 

Me ilusiona mucho leer las experiencias de las demás acerca de cómo lograron reubicarse. Saludos hermanas y gracias por este espacio!

 

 

Susana García Florez, poetísa
▼Barcelona, España

La maternidad cambió mi apego a la tierra y me obligó a nadar. Nada más alejado del medio en que me sentía cómoda, pero ahora veo que tiene sentido, mis hijos habían estado flotando en agua, así que al salir de mí todo se volvió denso y acuático.

 

 

No tuve fuerzas hasta

mucho tiempo después

para nadar en estas

profundidades.

 

Me hundí.

 

Entonces desarrollé

branquias y me quedé en

este mundo desconocido.

 

 

 

Ana Álvarez-Errecalde, fotógrafa
▼Argentina-España

 

La maravillosa Ana me ha dado permiso para compartir su obra 'EL NACIMIENTO DE MI HIJA' y sus palabras. Ella está en medio del proceso de publicación de su libro CARE, cuidar importa.

Aquí el fragmento de una entrevista que Montse L. Tolosana le hizo en 2020.

—Ana, cuando decidí entrevistarte, el primer libro que me vino a la cabeza, curiosamente, es uno en el que tú no has participado y que se titula Maternidad y creación. En el libro, varias artistas y escritoras, mujeres, hablan de cómo la maternidad afectó su obra y, sobre todo, cómo afectó su dedicación a la creación artística. ¿Cómo te ha afectado a ti en este sentido?

Suelo decir que al convertirme en madre me convertí en artista. Si bien ya estaba involucrada en trabajos creativos (estudié cinematografía y trabajé en producción documental y en televisión) fue mi experiencia de parto y de maternidad la que me generó la urgencia de crear otro tipo de referentes a nivel visual.

 

—Es una aproximación diferente a lo que estamos acostumbrados a oír ...

 

Mi primer hijo nació en un precioso parto en casa hace ya veinte años. Al parir sentí que nada ni nadie me habían preparado para la experiencia que tuve. Los pocos referentes de mujeres dando a luz en las películas retrataban mujeres desquiciadas o totalmente ajenas a sus cuerpos que se dejaban hacer, se dejaban guiar, acataban órdenes…

 

En el arte, el panorama no era mejor. Más allá de algunas esculturas precolombinas encontradas en Abya Yala, y algunas tallas en madera africanas que sí contemplaban el parto y la lactancia desde el protagonismo de la madre, el referente de maternidad más difundido ha sido el de una virgen sosteniendo a un niño, en el mejor de los casos amamantándolo. Sin embargo, el parto desde la vivencia que tuve, desde la completa admiración y confianza a mi cuerpo y a la sabiduría innata de cómo moverme, abrirme, rugir; el parto como evento poderoso y transformador no había sido digno de representación y para mí se volvió algo inconcebible: ¿Cómo puede ser que tantos artistas que han parido o han visto nacer a sus bebés, no hayan tenido intención de dejar constancia de la belleza salvaje, cruda, indómita de esta manifestación de la vida? ¿Cómo puede ser que la edición de la historia ignore algunas de las experiencias más transformadoras de las mujeres?

 

 

Irene Pérez, artista visual
▼Terrasa, España

sin ser consciente de ello

después de parir

intenté seguir siendo la que había sido

pero ahora me había convertido en más

mucho más

y me costó entenderlo

dolió

me enfadé

no me gustó

lo que el mundo quería que yo fuera

 

ser madre es la cosa más difícil que he hecho jamás

 

mi hija nació en el 2010

nos llevó varios años aprender a nadar juntas

construimos de la mano la una de la otra

nuestra maternidad

cada día es una aventura

llena de mil sensaciones y emociones

las acojemos y navegamos todas

entre ellas el miedo a hacernos daño

 

Desde el 2017 trabajo en el proyecto

‘Seeds of Resistence’

a partir del precioso lugar que hemos

creado: nuestras conversaciones

Lara H.J., artista multidisciplinar
▼Madrid, España

«Para pequeñas criaturas como nosotros, la inmensidad es soportable solo a través del amor.»

Contacto, Carl Sagan

 

 

 

 

Aún no me he recuperado.

 

Mi hijo tiene cuatro años y medio y no he recuperado mi plenitud, mi creatividad ni mi alegría de vivir. No es cosa suya, no tiene que ver siquiera con la maternidad en sí misma; fueron las circunstancias.

Viví una experiencia de violencia obstétrica —como tantas otras—, una cesárea fabricada. Y estuve mucho tiempo, demasiado, en shock. Pero esta no es la respuesta a la que alude la pregunta.

Me dedico —en principio y oficialmente— a la corrección de textos y a la redacción. Me conmueven especialmente las palabras, las lenguas, el pensamiento y las emociones y —sobre todo— la música. Me interesa todo lo que tenga que ver con la musicología, el folklore, la antropología... y con la inmensidad contenida en cada ser humano (los anhelos, los sueños, las emociones, el amor).

 

Quizá —a raíz de tener a mi segunda hija y únicamente desde hace unos meses—, la manera en la que me ha afectado la maternidad en cuanto a creatividad, sea que ahora soy capaz de colocar y exponer de una manera ordenada, explicada, coherente —y a veces hasta conmovedora— mis pensamientos y emociones. Soy capaz de escribir textos íntimos y a la vez valiosos para otras. Tengo proyectos ambiciosos en mente que quizá consiga ver realizados al fin gracias a esta lucidez. Creo que una parte se debe a que mi propio sufrimiento me ha traído no tanto a sentir empatía —que desde mi punto de vista implica una cierta distancia emocional—, sino más bien compasión y solidaridad, un deseo de dignificar y humanizar la experiencia de otras mujeres-madres (y mujeres, más en general) para que ninguna sienta la desesperanza y el aislamiento en los que yo misma me vi inmersa.

La noche en la que nació mi hija, la Noche de Reyes y la epifanía, tuve una revelación; desde entonces fue encajando todo. Ahora mismo me estoy formando como doula para acompañar la maternidad; la mía y la de otras.

También estoy a las puertas de traducir un libro del que no puedo, ni deseo —

al menos, de momento— desvelar nada, pero que comienza con los siguientes

versos anónimos:

 

Una mano muy suave

para tocar a la madre

que ella es.

 

Una razón para permanecer de pie,

para perseverar en mis oraciones;

el que se despertará para encontrarme

aferrándome a ella,

a la mano de mi madre.

 

Haramara Duna, ceramista, doula
▼México-España

Cuando Iyari se fue de mi útero, cambió de forma y se transformó en una pequeña higuera. En este momento, muy pronto, me puse a dibujar úteros vacíos en un curso que hablaban de pérdidas gestacionales, y piezas de barro de mujeres madres, y madres mariposas llenaron la estantería de mi cocina.

Fue casi inmediato. Me tuve que reubicar rápido, no tenía "una justificación" para dejar de trabajar después de un aborto voluntario. Un día aborte, el segundo sembré el árbol e hice un viaje de 4 horas ida y 4 horas de vuelta al mar para ofrendar la sangre, el tercero fui a trabajar.

Entre otras cosas, trabajo con el barro, así que ahí incluía  los sentimientos, las vivéncias a mi trabajo, para darle sitio a las visiones, ideas, emociones, tristezas y certezas que afloraban dentro de mi.

CARTA PARA IYARI

 

Hijo mío, fuiste un hijo deseado. Elegí a tu papá para ser tu padre, él me eligió para ser la madre. Sólo esperábamos sin concretar, hasta que yo me cansé de esperar.

Cuando ya habíamos decidido separarnos, un día hicimos el amor, y de él naciste. Sentí tan bonito.

Pero era un momento de ruptura y algunas cadenas de creencias pasadas abrazarian tu vida. No podía ver esperanza en el contexto que estábamos y por eso te dije: ve a la luz. Espérame un poquito. Sé que puedes llegar con más amor, quiero ofrecerte lo mejor. Sigo cuidandome desde mi centro, preparando el nido desde el cuidado de mi cuerpo. Encontrarme y encontrar un papá. Reconocernos y decidir cuál es el día de tu nacimiento. Un buen amante, un compañero de vida y crecimiento espiritual, un buen papá. Con quién podamos crear una familia.

 

Guardé los besos que te quería dar y el dolor anestesiado. El recuerdo de una vida llorada y no nacida en este plano. El aborto tubo la fase de expulsivo, la fase de duelo, y ahora, después de más de un año, aún sigo en la fase de recuperación. Aún que energeticamente ya no hay odio, no rábia, sólo comprensión y agradecimiento de tu venida y lo que aprendimos juntos. Las memórias físicas guardan los sucesos, y aún me estoy recuperando de los desequilibrios hormonales.

 

Angelito mío, Iyari corazón del cielo. Gracias por tu venida y por tu ida. Estarás siempre en mi corazón.  Eres mi primer hijo. Tu me hiciste madre mariposa. Extraño darte el abrazo y el beso que tanto desee.

 

"Y vamos al amor, y vamos a la luz y vamos a la fuerza creadora.... y vas al amor, y vas a la luz, y vas a la fuerza creadora"

 

Maite Ortiz, ilustradora
▼Hamburgo, Alemania

Cuando nació mi bebé vivíamos en una residencia de artistas en la ciudad de Hamburgo, al norte de Alemania.

Recuerdo el día al llegar del hospital con el recién nacido y encontrarnos la puerta de nuestro espacio repleta de flores, plantas, osos de peluche, carteles de bienvenida. Al día siguiente algunos residentes se acercaron con comida entre eso un Risotto que aún recuerdo. Así los primeros días transcurrieron con visitas de la casa para conocer al nuevo integrante. Algunos nos miraban maravillados y otros sorprendidos. Los días pasaron y los meses también pero nadie más trajo comida ni visitó especialmente porque lo normal, la vida sigue pero yo no entendía cómo mi bebé tiene dos meses ¿Y nadie se da cuenta TODO lo que pasó?

Ese mundo que tenía ahí en esa residencia me resultó de repente lejano y absurdo. Me resultaba extraño que me hablen de proyectos y trabajos como si nada, mientras el bebé dormía sobre mi pecho en el foulard, como no me preguntan como estoy o si necesito un Risotto. El olor a cigarrillo en los pasillos me seguía dando náuseas pero muchas veces una parte de mi deseaba estar ahí afuera, fumando en la galería y organizando las próximas muestras. Los veía a todos tan independientes y con tanto tiempo para sus vidas que los envidiaba.

 

Mi trabajo como ilustradora me resultó estresante y agotador además de la mayoría de las veces muy mal pago. Revisé mi Portfolio y entre los encargos para revistas, artículos, marcas encontré solo dibujos que no me representaban. ¿Dónde estoy yo ahí? Borre mi página de internet. Además llegué a pensar y sentir que una práctica artística y la maternidad eran para mi irreconciliables.

Nuestra familia pedía fotos por celular tras un océano de distancia y nosotros vivíamos los días siendo tres sin saber la fecha exacta.

El grupo de mamis que había conocido en el curso pre-parto me entristecía. Ellas hablaban en un alemán rapidísimo que yo no podía seguir y comparaban sus cochecitos nuevos que a mi no me interesaba comprar. Bromeaban sobre cuánto faltaba para dejar al bebé en la guardería y continuar con sus carreras profesionales. Yo también quería eso pero a la vez sólo quería estar disponible para mi bebé y esa dicotomía me angustiaba.

Estoy fuera de lo que era mi mundo con un cuerpo transformado que no reconozco y no tengo arte.

 

Mientras tanto sentía que rebalsaba de emociones que no podía poner en ningún lado.

Un día una mujer me escribió para invitarme a dar unos talleres de pintura y promocionar los materiales para la firma que trabajaba. Cuando le conté donde vivía se entusiasmó porque había oído hablar de esa residencia. Llegó a mi casa con una valija llena de materiales artísticos. El día anterior yo había estado ordenado el taller al que ya casi no iba. Ella puso sobre la mesa Acuarelas, Gouache, y unos acrílicos nuevos que eran con los que tenía que pintar. Además de mostrarme muchísimos y hermosos pinceles. Me iban a pagar los días de trabajo y me dejaban todos esos materiales para mi.

Ella me contó de los acrílicos nuevos que tenían un  rojo sin cadmio. Un rojo que no era tóxico pero era igual de rojo como el rojo de cadmio. Contales que te gusta pintar con eso porque tenes un niño pequeño dijo, y me sonrió guiñando un ojo. - Pero casi no puedo pintar con él ahí a mi lado le dije. - Lo sé, yo también tengo un hijo, pero vos decilo porque a la gente le va a gustar.

 

El primer taller fue en las afueras de la ciudad para un Workshop en una librería artística. Quienes asistieron eran todas señoras mayores que pintaban paisajes en su casa. Lo primero que les dije es que yo tenía un niño pequeño y por eso me gustaba pintar con esos acrílicos, porque no eran tóxicos. Una cosa llevó a la otra y les terminé contando que igual hacía meses que casi no visitaba mi taller y de lo desafiante que era para mi maternar y que me sentía sola. Maternar es desafiante confirmaban con risa cómplice. Una dijo estamos siempre solas y por eso yo pinto, para encontrarme allí. Eran unas señoras muy agradables, muy interesadas por los materiales, la técnica y el arte de la conversación. Así compartieron todas porque pintaban y las que no sabían se lo pusieron a pensar. Todas las respuestas me conmovieron y me entusiasmaron a probar todos esos nuevos materiales que me esperaban en casa. Conversamos dos horas y les propuse que construyamos un cuadro entre todas y me digan que ir pintando mientras yo les mostraba en cada propuesta las técnicas y los materiales expuestos. Una señora me dijo que dibuje un tigre con ese rojo sin cadmio porque es así como hay que llevar la maternidad: Como una tigresa. Con garras y valentía.

Al final del día muchas compraron el pincel  que yo estaba usando y los acrílicos rojos no tóxicos. Yo me fui en el colectivo con una imagen gigante de una mujer cabalgando un tigre y llevando a  su bebito a cococho.

Entonces Joan ya tenía casi diez meses y encontré un libro que me inspiró: Maternidades subversivas, de María Llopis. Un libro que recopila una serie de entrevistas a mapaternidades disidentes, creadoras, rebeldes, libres. Y todas las demás lecturas surgieron de ahí porque fui buscando a cada una de ellas y leyendo sus historias, obras, libros, proyectos.

 

Los meses siguientes busqué otros grupos de crianza en los parques y en lo que acá se llaman „escuela para padres“, sitios para ir con niñes pequeños, y me encontré con otras madres que no hablaban especialmente de cochecitos nuevos ni de la decoración de Ikea. Algunas también se sentían así como yo, felices y agotadas al mismo tiempo, y me abracé a esos encuentros.

El mundo era un poco menos hostil y Joan ya había cumplido un año. Festejamos en la residencia comiendo torta en el jardín y que rápido pasó me dijeron muchos de los que ahí vivían, qué rápido, no?

 

 

Tania del Arco, ilustradora
▼Denia, España

Este es el primer dibujo que hice después de muchos años sin dibujar. Realmente no es el primero pero sí el primero donde me he reconocido o encontrado.

 

Este dibujo y los que han venido después son el fruto de muchos años metida en mi cuevita de maternidad. De la que voy saliendo sin saber realmente quien soy y voy descubriendo. Por primera vez en mi vida, dibujo lo que hay dentro. Agradezco cada dia en esa cuevita que me ha traído por fin aquí,al comienzo.

Olga Palomino, artista multidisciplinar
▼Alicante, España

Hace casi dos meses que di a luz a la criatura más perfecta y bella que yo haya visto... Reubicarme? Por supuesto! Constantemente!! Convertirme en madre me lleva impulsando a mejorarme en cada instante... Me está reubicando, redefiniendo, rediseñando para ser la mejor versión de mí misma... y no es precisamente en el exterior dónde se refleja a primera vista porque a pesar de haber engordado casi 20 kilos en el embarazo es ahora que me quiero más que nunca, me veo más guapa y nunca antes me había importado menos el peso... ahora sé los milagros de los que es capaz el cuerpo, es lógico su cambio a la vez que bello, ahora confío en la vida más que nunca antes, sé qué clase de maravillas son posibles. Las formas cambian, no es tan importante, lo que sí lo es es sentirse bien y amarse mucho...todo lo que hay adentro se refleja afuera... Por eso es que ahora me veo tan bella, porque así me siento.

 

Realmente me he estado reubicando desde que supe que estaba embarazada. Todo lo que yo realmente no quería en mi vida comenzó a desprenderse con facilidad, y me resultaba más fácil alejarme y soltar todo aquello que reducía mi energía y felicidad y requería de mi tiempo y atención. Sentía que no había nada más importante que estar agusto y sentirme tranquila y en paz conmigo misma y con mi bebé que entonces crecía adentro de mí... Comenzaba a limpiarse mi mundo y a alinearse con mi verdad... Ya no buscaba proyectos con los que presionarme, no más peleas innecesarias, no más expectativas fuera de lugar... Se derrumbaban todas las farsas y medias verdades con las que me había arropado y en las que había envuelto mi vida, por miedo, por complacencia, por comodidad, por falsos compromisos... Comenzaba a relucir la belleza más radiante y auténtica de mi verdadero yo, sin preocupaciones. Un equilibrio se balanceaba sobre mi vida eliminando todo aquello que ya no me servía en mi nuevo renacer como madre. Me comenzaba a invadir un agradecimiento infinito en cada instante, reconocimiento del milagro que se estaba llevando a cabo en mí... sólo tenía que centrar mi atención en mi niña dentro de mí y todo cobraba sentido, nada podía molestarme entonces, me sentía tranquila, feliz, completa, llena, con propósito. Yo comenzaba a despertarme a la magia de la vida, mientras ella siempre había sido... Volvió mi presencia a ella, a la vida, a lo que realmente me importaba, a sentirme, a escucharme, a respetarme, a amarme tal y cómo soy, a disfrutarme en cada momento... Reír las alegrías, llorar las tristezas... Todo me parecía tan bello... me inundó un amor y un agradecimiento profundo de estar viva y formar parte de esta maravilla humana.

 

Convertirme en la mejor versión de mi misma no ha significado cambiarme, sino aceptarme, amarme tal y como soy más y más, todo el resto nace de mí, todo es una extensión de mí. Desde ese núcleo de amor propio nacen las mejores elecciones para cuidar de mí misma, de mi salud, de mi hija... desde ahí nace la autenticidad más sincera, la sinceridad más auténtica, las mejores obras... todo el resto es secundario porque precede y surge de las profundidades, de lo que hay adentro.

 

Y es cierto que no todos los días se pueden llevar a cabo los proyectos que teníamos planeados, no todos los días se puede dibujar, ni leer, ni escribir... hay días que no se puede hacer otra cosa más que dar el pecho y dormir, y descansar lo que se pueda, y dar cariño a nuestros cachorros que es lo único importante. Y ser la mejor versión de una misma quizás no siempre signifique ser productivas de la manera que imaginábamos o teníamos en mente, sino aceptar lo que hace falta en cada momento y situación, y disfrutar del corto periodo que es la niñez de nuestros  hijos, y querernos y quererlos mucho.

 

Ahora, con mi niña entre mis brazos, dando de mamar mientras observo la perfección de este ser que hace poco más de un mes crecía en mi interior, me derrito de amor. Ella es mi fortaleza. Hoy siento que tengo algo por lo que luchar.

 

Y aquí estoy, tumbada en la cama, en pijama pasadas las dos de la tarde y con la comida sin hacer, sin peinar y con la casa hecha un desastre... pero sintiéndome más ubicada que nunca antes. Estoy renaciendo a un nuevo ser que se quiere más pase lo que pase... ya nunca menos. Celebro y acepto esta apertura de sinceridad que se está llevando a cabo en mí, me comprometo al crecimiento conmigo misma pero siempre dejándome ser, queriéndome ante todo como quiero a mi hija. Ahora me siento más receptiva y despierta, más paciente y cuidadosa, más atenta, alegre y dispuesta ante todo lo que venga... fuerte, respirando cada momento agradecida de este amor que es eterno.

Mapy Hernandez Blasco, ilustradora
▼Bilbao, España

Mi primer embarazo terminó en la semana 21 de gestación. Perder a mi hijo fue la peor experiencia que he vivido pero sin duda fue un punto de inflexión en mi vida como persona y como artista. Pese al dolor, la pena y la culpa que sentía todo pareció enfocarse. Por fin podía ver el camino. La inseguridad y el síndrome del impostor que me habían acompañado durante años se habían esfumado. Era libre para encontrar mi propia voz y mi estilo.

Cuando volví a quedarme embarazada estaba completamente inmersa en mi mundo interior y  necesitaba crear, expresar y sacar de mi cabeza todo aquel miedo a perder otra vez a mi hijo y más tarde a no ser capaz de ser madre.Y lo transformé en humor. De alguna manera me sirvió de terapia y me llevó a encontrarme a mí misma como artista. Por primera vez sentía que los trazos que hacía y cómo los hacía me pertenecían.

Cuando tuve a mi hijo en brazos me sentía infinitamente feliz y a la vez un vértigo enorme me atravesaba como un rayo. Luego vino el cansancio y un sueño infinito. Pero fuí aprendiendo y todo mejoró cuando me dejé llevar. Aprendí que el tiempo ya no duraba lo mismo y que si no podía dibujar con la mano por falta de tiempo podía dibujar en mi mente. Aprendí a dar el pecho y dormir a mi hijo en un brazo mientras terminaba algún boceto con el otro. A mecer con el pie y cantar mientras dibujaba en la tableta.

Tenía una pequeña caja turquesa con papel, un lápiz, una goma, un pincel, un vasito,sal gorda, tinta china y rotuladores negros que llevaba de un sitio a otro de la casa y me servía de cajón y mesa para dibujar porque muchas veces no podía sentarme en el estudio. Hice más de 100 dibujos sobre el embarazo y la maternidad. Los reuní en un libro que titulé "Cosas que pasan" y se lo dediqué a mis dos niños; al que no nació y al que sí.

 

La maternidad me ha hecho más fuerte, más segura y más creativa. No es fácil encontrar el equilibrio. Que la madre no fagocite a la artista o al revés es una lucha diaria. Aunque para mí lo está haciendo todo mucho más valioso e interesante.